Yo no soy yo, sino tú, cuando eres yo.

Polvo enamorado.

  Solemos hablar de amor cuando, en realidad, nos estamos refiriendo al enamoramiento, sentimiento que vivimos como una experiencia de cambio, de renovación, de creatividad, de fantasía, de bondad, y por el que transfiguramos la visión que se tiene de uno mismo y del otro, eliminando las diferencias, y también del mundo, otorgando a sus elementos una significación personal e imborrable. Es una experiencia de compartir todo, de ser transparente, seguro, armónico, total… Impregna de sentido todo lo que toca. Como decía Quevedo, “Serán cenizas, mas tendrá sentido; solo serán, mas polvo enamorado”.

  El enamoramiento es un movimiento cerrado. Sale de uno, se deposita en una idealización (justo lo que es su objeto, uno mismo, pero idealizado) y vuelve hacia uno. En realidad, a eso se llama idolatrar. Distingue Fray Lorenzo en la obra Romeo y Julieta, de Shakespeare, la diferencia que hay entre idolatrar y amar. Es interesante observar cómo antes de estar enamorado de Julieta, que, no olvidemos, tenía trece años, Romeo que era sólo algo mayor, lo estaba de otra mujer, y la visión repentina de Julieta lo lleva a cambiar súbitamente de objeto de su enamoramiento. Está claro que no estamos hablando de una relación, sino de un movimiento que sólo ocurre en el interior de Romeo, y que se explica por su situación personal. A ese rápido movimiento se le suele denominar de forma un tanto cursi: es el “flechazo”.

  En enamoramiento constituye una experiencia casi mística, una experiencia de transformación y una experiencia de locura. La fusión con el otro hace que en los enamorados se produzcan fenómenos fisiológicos y psicológicos que describen ese particular estado: cambios en la respiración y la musculatura, abandono del control, pérdida de las nociones de espacio y tiempo, ensoñación e irracionalidad.

  En el enamoramiento, el inicio de la relación surge, sobre todo, a partir de las percepciones. Nos enamoramos de un gesto, de una mirada, de un color de la piel, de un sabor, de una palabra, de unos ojos, de una boca, de unos pechos, de una idea, de una opinión… El acoplamiento entre los amantes es imaginario, porque es una relación que nace en ese plano. La tarea de convertir ese enamoramiento en amor supone pasar del plano imaginario, dominado por las percepciones, al plano simbólico, dominado por el lenguaje y las acciones acopladas a ese lenguaje. El amor ocurre en la acción; el enamoramiento, en la mente.

  Se enamoran aquellos que no se sienten bien. Los que se encuentran deprimidos o angustiados, aunque no suelen saberlo. Es igual cómo y por qué han llegado a esa situación de malestar personal, pero en ella están. De ella sacan la fuerza. Nadie que se sienta satisfecho y feliz se enamora. Eso explica que los grupos sociales más propensos sean los adolescentes y los “cuarentones”: se sienten muy inseguros.

  Descubrimos la presencia del otro, a nuestro lado, en el trabajo, en una fiesta, en una reunión… y éste cobra una dimensión nueva. Ocurre el “flechazo”. La experiencia es la de un repentinos descubrimiento. Creemos haber descubierto a otro maravilloso. No somos conscientes de los procesos de transformación del sufrimiento y de proyección en él de nuestro propio mundo, que se están desarrollando.

  Durante un tiempo, la fusión de identidad (incluida la fusión sexual) es muy placentera. Pero pronto aparecen los problemas. Al borrar nuestra diferencia, borramos los límites que hacen que mantengamos una visión positiva y valiosa de nosotros mismos. Lo desconocido, lo apartado, lo inconsciente, aparece. De repente, nos ponemos en contacto con todos los fantasmas y fantasías que habíamos que habíamos ido arrinconando en un lugar que decía “ése no soy yo”. Pero, al igual que la unión de materia y antimateria, la unión de lo que aceptamos y no aceptamos como “mí mismo” produce aniquilación. Por ello, en todo enamoramiento hay siempre una amenaza de pérdida de identidad, de locura.

  Es preciso defenderse de esa ansiedad con alguno de estos métodos:

  • Aumentar las diferencias entre los enamorados. Pero ocurre que, si aumentamos las diferencias, esa visión narcisista, que exige que lo propio sea lo mejor, se ve amenazada. El otro es diferente, y, quizá, mejor. La fusión ya no es posible, en consecuencia, cesa el enamoramiento.
  • Aceptar las diferencias del otro y considerarlas como algo ajeno o incluso malo. De esta manera, la visión de uno mismo queda a salvo, pero también aquí el enamoramiento acaba.

Todo ello supone un deterioro -inevitable y conveniente- de tal fusión del enamoramiento. La relación va evolucionando de una manera cada vez más ambivalente, incluyendo odios y hostilidades.

Sobre un volcan

  Aunque el enamoramiento sobreviene, y en ese sentido está al margen de nuestra voluntad y esfuerzo, mantenerlo no es nada fácil. Estar enamorado exige el encuentro con lo que, en realidad, es un señuelo que disponemos sobre el otro.

  La relación basada en el enamoramiento nace siempre sobre un vólcan de pasiones, equívocos, ansiedades, miedos, anhelos… alto contenido emocional. Eso explica la intensidad del todo conyugal cuando aparece. Es total. Se expresa muy bien en la película La guerra de los Rose, de Danny de Vito. Cuando el conflicto aumenta, la pelea con el otro no tiene marcha atrás. Hay que vencer o morir en ella.

  El enamoramiento nos había exigido una profunda distorsión de la realidad del otro. Pero ese otro oculta precisamente aquello que más odiábamos y más temíamos. La fusión de identidades, con el paso del tiempo y con la interacción constante, se vuelve insostenible. La represión no es posible por más tiempo, y, rápidamente incluso dramáticamente, el amado se convierte en una “decepción”, y, a veces en alguien “odioso”.

  El enamoramiento se acaba. Y lo hace al menos por tres razones. La primera es la presencia de los hijos. La existencia de terceros en el seno de una fusión de dos acaba con ella. La segunda es la evolución psicológica. Con el tiempo, vamos descubriendo cuál es la verdadera dimensión del otro. La realidad acaba por imponerse. Y hay una tercera razón que acabaría por aparecer y acabar con el enamoramiento aunque las otras dos no se dieran: es el deseo de autonomía. La vida en pareja acaba por ser agobiante. El uso del “nosotros” se hace excesivo, abusivo. Aparece el deseo de utilizar el “yo”, de hacer cosas por separado, de estar con otras personas… Ya no estamos enamorados.

  Cuando nos enamoramos, tendemos a decir cosas increibles:

  • No te dejaré nunca.
  • Lo importante entre nosotros no es el sexo.
  • El amor lo puede todo
  • Reconozco el amor verdadero.
  • Eres mi media naranja.
  • Nos entendemos aún sin palabras.
  • Si me amas, me comprendes.
  • Todo lo que hago, lo hago por tu bien.
  • Te amo a mi manera.
  • Sobre todo, somos amigos.
  • (Y cualquier otra cursilería que se nos ocurra.)

Será difícil ir más allá Calixto, en La Celestina, en la subversión moral que encarna al parodiar el credo cristiano empujado por la pasión del enamoramiento por Melibea. Recordemos que Sempronio le pregunta “¿Tú no eres cristiano?” Y Calixto responde: “¿Yo? Melibeo soy y  Melibea adoro, en Melibea creo y a Melibea amo”

  Llega un día en el que baja la marea del enamoramiento (algunos sostienen que ello ocurre por razones bioquímicas), y podemos descubrir que estamos interesados o enamorados de otra persona, o, incluso que la amamos. ¿Qué hacer?, ¿elegir dejar lo antiguo?, ¿ocultar o renunciar a lo nuevo? Es el tema de innumerables boleros, de muchos de los mejores poemas, y aun de chistes, siendo como es una de las situaciones más delicadas y difíciles con las que nos podemos enfrentar en la vida.

  Cuando nos enamoramos, queremos que el otro acepte las proyecciones que le enviamos para poder así lograr la fusión narcisista total. Si no lo conseguimos cesará el enamoramiento. Y si lo conseguimos, el resultado no nos gustará, ya no será atractivo y sugerente, pes se acabarán incorporando también los aspectos odiados. Con el paso de tiempo surge la crisis; ¿Me he equivocado?, ¿no lo quiero?, ¿no me quiere?, ¿de quien es la culpa?… Es significativo el hecho de que algunas parejas no superen el viaje de novios, y vuelvan, al cabo de quince días de intensa y total convivencia, desengañados. El problema en estas parejas no es el hecho de que se organizaran sobre un enamoramiento pobre, cualquiera puede equivocarse, sino el hecho de que movidos por él, tomaron una decisión demasiado rápida. La conclusión, como norma general, es que transformar un estado como el enamoramiento en una institución como es el matrimonio no debe hacerse demasiado rápido, aunque “lo pida el cuerpo”.   En ocasiones, en enamoramiento, como estado sentimental, puede confundirse con otras emociones, por ejemplo con un intenso deseo sexual, con el halago, con la adoración, con el deseo de una fuente de prestigio, con el agradecimiento, con la cula e incluso puede confundirse con el odio. Todas estas circunstancias pueden dar lugar a intensas emociones, pero no son un enamoramiento. Se describe una bella y sutil relación de este tipo, basada en un equívoco en la película El turista accidental, de Kasdan. Macon y Sara intentan, en un momento del film, recuperar el enamoramiento tras la ruptura de su relación, que se produjo al morir su hijo, pero se confunden, no es ése el sentimiento que ahora les une.

Actividad: Comprensión de la lectura.