La fidelidad es una necesidad de amor; la exclusividad, una opción.

Fidelidad y exclusividad no son sinónimas

Solemos confundir la fidelidad con la exclusividad erótica, cuya práctica no es producto de la biología, ni de la naturaleza, ni de la supervivencia de la especie, sino una forma cultural que deriva de los lazos originarios entre una madre y su hijo. (Y hablamos de la práctica erótica, no de la práctica sexual,  que tiene que ver sólo con la reproducción, no con el placer). Sabemos bien que las necesidades biológicas de los niños exigen, al principio, una relación total y exclusiva con la madre o con quien haga esa función. Dependen por completo de ella y no hay lugar para nadie más. Es esta idea de totalidad la que luego encontramos en las relaciones exclusivas típicas de la monogamia… tal y como se han dado en las sociedades patriarcales, es decir, en todas. Nos queda una marca, un anhelo, un deseo de totalidad, de fusión, y con frecuencia trasladamos esa fantasía infantil a las relaciones eróticas adultas.

Sólo podemos dar valor a la exclusividad erótica si es una opción que se elige libre y voluntariamente, pero no cuando se trata de un seguro de vida fijo y regular, cuando es una manera de amortiguar el miedo, cuando expresa el deseo de aumentar las certidumbres de la existencia, cuando simplemente obedece a una prescripción social.

La fidelidad y la exclusividad son un acuerdo. Es el cumplimiento de un pacto del contrato de relación conyugal, que puede contener la presencia o ausencia de relaciones eróticas con terceros. De esta manera, podemos concebir una relación fiel en la que se den relaciones extraconyugales y una relación infiel en la que éstas no existan. El contrato que define la relación de cada pareja ha de ser capaz de garantizar y expresar la mutualidad, fortaleza y unicidad que ha de tener esa relación. Los hábitos que creamos, el uso del tiempo, la comunicación, el dinero, los amigos, la familia y, por supuesto, lo erótico y lo sensual, constituyen el campo de acción que definimos en ese contrato. En él siempre hay prescripciones y proscripciones. Pero pasa como con las leyes: a más leyes, más transgresiones; a menos leyes, menos transgresiones. Si realizamos muchas especificaciones y limitaciones de las acciones que nos son posibles, habremos de asumir la probable existencia de infidelidades.

Si tuviéramos garantías de no ser descubiertos, si no tuviéramos que dar nunca una explicación ¿seríamos infieles? O mejor, ¿desearíamos una vida erótica más variada? La respuesta sincera suele ser que sí. Aunque la pregunta, así expuesta, es un tanto trivial. Cierto que nos dice que la fidelidad, entendida como ausencia de relaciones sexuales con un tercero, no pertenece al terreno de lo deseable y no está bien engarzada dentro del compromiso amoroso, pero, según las encuestas, si se mantiene es más por temor que por convencimiento, y eso que las cifras de “infidelidad“ sexual son muy altas. Pero ser fiel por no atreverse a ser infiel es triste. Es cierto que hay personas que desean una fidelidad entendida como exclusividad erótica. No sufren por ello más de lo lógico ante toda renuncia.

La fidelidad es una virtud, esto es, algo bueno cuando existe. La exclusividad, una decisión opcional, ni es buena ni mala en sí misma. Sabemos que la infidelidad es el origen de graves conflictos  en cualquier tipo de relación humana. Todos conocemos esa experiencia. Ser infiel es, por lo general, malo; ser -o no- exclusivo depende de los acuerdos a los que lleguemos. Y aun ser infiel tiene sus ventajas. Somos seres que hemos llegado a ser lo que somos gracias a que el código genético no se replica con total fidelidad; cambia, muta, y el resultado es que se producen nuevas soluciones; algunas, afortunadas; otras, no.

El problema que nos supone la no exclusividad sexual en una pareja no es una cuestión del daño que produce esta o aquella conducta, sino de amenaza. Es traumática porque esa sexualidad ajena a la relación nos amenaza en algo importante; la hombría, la feminidad, la seguridad, la intimidad, la economía, la preeminencia, el orgullo… Todas estas realidades comparten el más grande de todos los miedos que tenemos; la pérdida, el abandono. La amenaza es el problema, no la conducta sexual. De ahí que, según las diferentes culturas, lo que se considera infiel sea una conducta u otra. Recordemos el ya tópico caso de los inuit: ofrecer la esposa al visitante, como ritual de bienvenida, pertenece a su regulación cultural. Por el contrario, en muchos países, el que una mujer casada hable con un hombre en la calle levanta sospechas de infidelidad que pueden conducirla hasta la muerte.

Si pensamos en una conducta sexual de orden fantástico, observamos que es la amenaza, y no el sexo, lo importante para considerar una relación erótica extraconyugal dañina. Imaginemos la remota posibilidad de quedar atrapados en le interior de un ascensor con un hombre o mujer muy atractivos, tomados del mundo del cine. Cada uno puede aportar su imaginario particular… Si esas personas fueran, en ese momento, sexualmente accesibles, si propusieran una relación erótica, ¿habría que disfrutar, vivir la ocasión? ¿Deberíamos decir “no gracias… estoy casado“?

La respuesta casi unánime suele ser clara: aprovechar la ocasión. Y cuando este juego se plantea a los cónyuges opinan que si su compañero o compañera no acepta el encuentro habría que considerarle prácticamente idiota. No lo consideramos una infidelidad porque no altera el compromiso de mutualidad, fortaleza y unicidad de la relación conyugal. Hemos de concluir que el concepto de infidelidad depende del contexto y, de una manera más específica, del pacto de la relación, lo que significa que lo erótico no puede ser considerado, sin más, lo exclusivo en una pareja.


Actividad de comprensión de la Lectura.

Por favor, rellena estos campos exponiendo lo que opinas acerca de la lectura. Recuerda que estas lecturas tienen el fin de poner tu mente a pensar.

Ahora que has terminado la lectura y haz realizado la actividad, haz click sobre este anuncio. ⬇️