¿Tener un hijo o un apartamento?

Sostenemos, aún sin saberlo de forma consciente, un concepto del matrimonio y del amor de tipo “dialéctico“ que es falso, es decir, no se da en la realidad. Veamos. La dialéctica, término un tanto abstracto y difícil, significa algo sencillo: despliegue. Según esta idea, todas las realidades se van desplegando a lo largo del tiempo hasta que su dinámica se agota, y se convierten, de forma natural, en otra cosa. Una flor desencadena todas sus potencialidades y, al final de ese proceso, se convierte en un fruto, que la niega y marca el punto final de su desarrollo. En este sentido se suelen comprender el amor, el matrimonio y la familia. Pero este concepto no es aplicable al amor, que no contiene en su despliegue el matrimonio y la crianza de hijos. No es un proceso lógico o natural.

Parece admisible que haya una tendencia innata a tener hijos. De no ser así, la humanidad se habría extinguido hace tiempo. Pero apenas nos satisface esta respuesta, ya que la variabilidad de situaciones es grande. Algunas parejas, por ejemplo, han decidido en el principio de su relación que no quieren tener hijos. Pero lo más frecuente es que se casen abiertos a esa posibilidad, aunque se difiera un tiempo para “disfrutar de la vida un poco“. Con bastante frecuencia la idea de tener hijos está presente aun antes de casarse, y algunas personas se casan porque han tenido ya hijos o porque la mujer se encuentra embarazada.

Tanto esta variabilidad como la idea de “disfrutar“ antes de tener hijos son muy recientes en la historia. Hasta prácticamente entrado el siglo XX, tener hijos no sólo era una prescripción social, era una necesidad de orden económico. Por una parte, había a quién dejar la herencia y, por otra, se aseguraba la vejez.

La situación ha cambiado tanto que ahora denominamos a los hijos “cargas familiares“. Y ya apenas queda como beneficio nada más que el “psicológico!. Todos los demás están dejando de existir como razón importante, excepto en familias de muy altos o muy bajos recursos económicos.

Este beneficio psicológico  puede ser de dos tipos. Desde un general y romántico “disfrutar de una vida que nace“ o “verlos crecer“ hasta el más real de que los padres den un sentido a su vida y obtengan una cierta compensación frente al paso del tiempo. Si las cosas van bien, un hijo puede proporcionar sentimientos intensos, la experiencia de que la vida tenga un significado, arraigo emocional y una sensación de tarea compartida entre cónyuges.

También es cierto que el número de hijos ha disminuido mucho, al menos en todas las sociedades occidentales. Hoy, con familias nucleares que viven aisladas en pequeños pisos y dependientes de sueldos pequeños e inciertos, no es posible tener muchos hijos y criarlos adecuadamente. Prima la responsabilidad sobre el deseo, y se renuncia a las familias numerosas. Eso hace que los pocos hijos que tenemos adquieran una gran importancia. Y, cómo son algo valioso y que exige alta responsabilidad, ocurre que lo que antes era algo natural y apenas se pensaba ahora es objeto de grandes angustias y reflexiones: ¿cuándo, cuántos, cómo…?, que agobian a los futuros padres.

Una vez que tomamos la decisión de agobio no decrece, sino lo contrario: hay que hacerlo muy bien. Los niños se cargan de derechos y de ningún deber. Lo contrario a una buena educación.

En muchas culturas existe la creencia de una deuda original contraída antes de nacer. Hay muchas variantes del mito del pecado original. Pero en esta época el mito se ha invertido, y ahora son los padres los que están en deuda, no los hijos, ya que éstos les han permitido definirse como tal. En tiempos en los que la identidad se diluye y parece difícil de adquirir, la que proporcionan los hijos a los padre es muy difícil de agradecer. Así, el hijo deja de ser deudor y se convierte en beneficiario, y sólo tiene derechos.

Tampoco esto es gratis. A cambio, depositamos sobre el niño unas proyecciones masivas. Ha de ser lo que nosotros no pudimos. Su perfección será la nuestra; sus logros, también. Y no podrá tener objetivos propios. Es un objeto mimado, pero, al fin y al cabo, objeto al servicio de los padres. Un ejemplo típico lo dan algunos tenistas para los que el padre deja de ejercer como tal y se convierte en un feroz entrenador. El resultado final es una inmadurez colectiva. Los padres se aferran a hijos, y los hijos, a sus padres. Todos ansiosos y todos miedosos.

Y esta crianza tan mercantil, que lleva tanto tiempo y energía, conduce a una limitación de la relación en la propia pareja. El tiempo es restringido, el dinero y lo emocional, también. Los hijos necesitan mucho, alguien ha de dárselo renunciando, para ello, a sí mismo. Pero esa renuncia permanente de los adultos -sobre todo, las madre- no beneficia siempre a los hijos, ya que las necesidades, aunque estén reprimidas, no dejan de existir. La relación conyugal se resiente, aparecen los reproches, el alejamiento. Lo familiar devora a lo conyugal. Y más aún, la inversión es tan grande que no queda tiempo para el exterior. Si la familia ya era una institución total, ahora se hace cerrada y aislada. Hay una sobrecarga emocional, un recalentamiento de los sentimientos en el clima interior entre padres e hijos. Un efecto invernadero muy parecido se percibe también en muchas relaciones de pareja.

En muchos matrimonios, los hijos son un factor que permite disminuir un sentimiento de fracaso y resignación. Pueden constituirse en un sucedáneo del diseño vital de sus progenitores capaz de generar ilusión en una pareja, pero obligan a los cónyuges a volcarse hacia el exterior. No son un proyecto para el desarrollo de cada uno de ellos,. sino algo que hacen para el beneficio de otros. Su cuidado, dentro de una relación de pareja viva y estimulante, es un elemento enriquecedor, pero, como proyecto único, acaba por vaciar y empobrecer. Cuando, ya mayores, abandonan el hogar, se hace bruscamente patente este vaciamiento de la relación marital.