La Franqueza

Hay que conformarse con la mitad del conocimiento.

Miénteme

Quizá no haya diálogo más profundo, breve y bello dentro de una historia de amor en el cine que éste:

Miénteme. Dime que me has esperado estos cinco años.

Todos estos años te he esperado.

  Es de la película Johny Guitar, de Nicholas Ray. En el se contiene una de las verdades más profundas de la relación amorosa: la indeterminación de la verdad.

Al pedir “mienteme”, Johny acepta que lo que viene a continuación quede en una ambigüedad insoluble. Comprende que el amor es, al final, una relación imposible, porque imposible es llegar a obtener la trascendencia de uno mismo. Siempre hay una brecha que nos separa de los otros. La relación amorosa contiene lo mejor y lo peor de cuanto somos. Por eso, también se asienta sobre silencios y sobreentendidos, sobre ocultaciones y mentiras. La privacidad nos es tan necesaria que, cuando se impide sistemáticamente a una persona vivir en ella, se vuelve loca. Ser observado en todo tiempo y lugar es literalmente mortal. Ésta era la perversa lógica del sistema penitenciario basado en el panóptico.

  La verdad es importante para vivir. Se trata de que haya una conformidad entre los actos, las palabras y el pensamiento. Todos necesitamos pensar que en el otro se da esa conformidad. La sinceridad es una virtud que se sitúa entre dos polos peligrosos: la crueldad y el engaño. Ambos destruyen las relaciones humanas.

  La presencia de la mentira en una relación amorosa tiene dos orígenes. Por un lado, la ambigüedad e imposibilidad general de la verdad. Por otro, la actitud de totalidad de la vida en pareja. Si vivimos encerrados en ella, la necesidad de la mentira irá creciendo e invadirá el vínculo, y, al final, el amor se topará con ella. Somos seres contradictorios: amos y odiamos al mismo tiempo; todo amor encierra egoísmo; toda ternura, destrucción.

  Una relación como la amorosa debe respetar que el otro sea un misterio, alguien que, a diferencia de un objeto, no podemos conocer del todo. Siempre existen espacios de pensamiento y acción que son íntimos y, por lo tanto, no son compartidos. Una pareja mantiene una relación complicada con la verdad, los secretos y las mentiras. La cuestión de la sinceridad y del ocultamiento se desarrolla de forma magistral en la novela El último encuentro, de Sándor Márai. Es la historia de dos hombres unidos, y, al mismo tiempo, separados por una mujer y un secreto. Lo que uno sabe, lo que sabe que el otro sabe, lo que piensa que el otro desconoce, lo que no sabe si el otro sabe… genera un drama en el que el amor, la muerte, la distancia y el olvido se despliegan como efecto de la contradicción entre la verdad y la mentira.

  Pero la relación amorosa ha de ser una relación sincera. Una relación mendaz no podría ser amorosa, porque la mentira supone una prioridad narcisista incompatible con el amor. ¿Significa eso que debemos decir al otro todo acerca de todo? No, ni siquiera es posible. La realidad es relativa a la situación de cada uno de nosotros.

  Es imposible vivir sin secretos. Una relación en la que el otro conociera o tuviera que conocer todos y cada uno de los aspectos del otro, donde no quedará un espacio para lo privado, escondido o secreto, sería totalmente insoportable. El mismo San Agustín afirma que, a veces, un estadio superior de la bondad supone no decir la verdad.

  Conviene decir lo que es siempre que con ello no faltemos a un valor más poderoso. Porque no es el valor supremo, no es superior al amor o la bondad, de modo que no es la máxima prioridad. Tampoco es un deber absoluto, sino un deber hacia aquellas personas que tienen derecho a ella. Por lo general, no debemos decir una verdad que perjudique a un tercero, sino aceptar que es necesario mentir en algunas ocasiones: para proteger a una persona, para no hacer un daño innecesario, para no dar información a quien la usará mal o para ser discreto.

  La verdad y la mentira son tan resbaladizas que hasta es posible que el amor o la sinceridad se construyan sobre una mentira. Las paradojas de la existencia humana nos llevan a observar que, en determinadas circunstancias, para salvar a quien se ama, o para salvarse uno a sí mismo como pieza fundamental de la relación, la ocultación o mentira -siempre y cuando no exista o no se vislumbre un camino mejor para manejar la situación- son una opción razonable. En esos casos, una mentira puede ser aceptable para mantener lo importante, esto es, para mantener la fidelidad a una relación amorosa y comprometida. Pero hay que tener cuidado; con la mentira pasa como con esos videojuegos en los que el héroe va perdiendo vida a medida que se desarrolla el juego.

  No es tan inocente el juego de Johny. Al decir “miénteme” descalifica todo lo que viene detrás, pero, por ellos mismo, descalifica toda descalificación, esto es, califica de amorosa toda definición. La convierte en un juego de seducción. Johny sabe que tanto lo que él pregunta como lo que ella contesta tiene que ver con la realidad, es verdad “Te he esperado todos estos años”.

No entrar, privado

No todo ocultamiento es deslealtad. En muchas ocasiones la ocultación hace referencia a la existencia de mundos privados que sólo deben compartirse cuando generan una mala disposición emocional, cuando queremos ser comprendidos, cuando nos causan sentimientos de culpa o cuando empiezan a interferir con la relación que mantenemos.

  La privacidad y la no comunicación dentro de una relación sincera son necesarias en una pareja. Gracias a ellas, cada uno puede experimentar sin peligro ideas, sentimientos y fantasías que sirven para ir logrando un mayor conocimiento de lo que sentimos y pensamos, sin necesidad de comprobarlo mediante acciones en la realidad, ni de proporcionar explicaciones, de las que muchas veces ni siquiera disponemos.

  La privacidad también nos sirve para introducirnos en un mundo de deseos e insatisfacciones que no tienen que ver con la actual relación de pareja, sino con el devenir y la historia particular de cada uno. Debe, por tanto, haber espacios, tiempos y pensamientos separados que nos permitan vivir realidades que sólo a cada uno le conciernen. Lo contrario es insoportable. ¿Puedes imaginarte una pareja que comparta todas las actividades, que siempre estén juntos, que no tengan secretos?

  El problema no está en la existencia de otras realidades, sino en la amenaza que eso puede suponer para el mundo del otro, y, en consecuencia, para la relación. Por ello hemos ede tener en cuenta dos valores que existen de forma simultánea: privacidad y comunicación. Y que existen fidelidades: al amor y al deseo, las dos verdaderas e irrenunciables, porque una relación sin amor sería frívola, y, sin deseo, teriosa. Se trata de dos registros diferentes. Ahora bien, es imprescindible saber de qué manera lo que uno está viviendo forma parte o altera el pacto de relación, para, posteriormente, decidir sobre lo que debemos hacer. Es una distinción difícil, que se presta al engaño -también al autoengaño- y a la hipocresía. En términos generales, seguramente debemos decir las cosas que están pasando cuando la conmoción por un deseo altera la relación amorosa.

  Mantener cierta dosis de secreto tiene, además, una virtud: aumenta el deseo en una pareja. Si no sabemos todo del otro, si se tienen zonas oscuras, la curiosidad aumenta y, probablemente, también el deseo.

  La verdad y la mentira suelen ser relativas. Otro de los grandes descubrimientos de Freud es que necesitamos formaciones de compromiso. Cualquier idea, cualquier funcionamiento psíquico, puede ser descrito como una formación de compromiso. Y es así en la medida en que toda nuestra vida es una mezcla de miedos, deseos, valores, intereses, ideología, cultura, necesidades…, todos ellos parcialmente conscientes e inconscientes, y contradictorios entre sí (prueba de las múltiples posibilidades que tenemos). Toda formación de compromiso nos defiende de la contradicción y el miedo, y nos proporciona cierto placer simultáneamente. Nos permite ser y no ser al tiempo, y así huir del dilema de Hamlet.

  Establecemos equilibrios múltiples. Por un lado, entre el complejo conjunto de significados que producen los intereses, valores y deseos que surgen del devenir de cada uno de nosotros. Por otro lado, entre esos mismos significados personales y los que surgen de las exigencias de la relación amorosa. Y, como todos son importantes, se establece un formación de compromiso: algo que los dos miembros de una pareja pueden considerar suficiente. Así, la relación amorosa es, simultánea e inseparablemente, verdad y mentira, mucho poco, todo y parte… Nuestra relación amorosa puede ser lo más importante de la vida y sin embargo ser, em mayores o menores fragmentos de tiempo, secundaria frente a, por ejemplo, compromisos políticos, deseos de hacer un máster, de pescar atunes en el pueblo de nuestra infancia o de estar en conexión con un amor que no fue.

  Somos un poliedro de razones y contrarrazones, de bien y de mal. Al tiempo, cualquier solución de compromiso es siempre arriesgada, peligrosa, sospechosa…, pero es imposible prescindir de ellas.

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