Seducir es…

Seducir es atraer el apoyo automático de la gente. Al seducir colmamos el pensamiento del otro, laureamos su forma de ser, conseguimos prendar su mente, hipotecamos su imaginación, logramos que nos recuerde cuando ya no estamos presentes físicamente. Se trata de una forma de comunicación que sigue leyes específicas, un juego psicológico orientado a fascinar en el que apenas interviene la belleza física, porque, con el corazón y la cabeza imantados, el seducido suele encontrar atractivo, o incluso arrebatador, el aspecto físico de los seductores.

La persona seductora tiende a serlo en cualquier situación, ante hombres y mujeres de amplio espectro social. Es un prestidigitador emocional, un fascinador cuyo estilo varía de un individuo a otro en función del potencial de su carácter; dicho de otro modo, cada personalidad aglutina puntos fuertes específicos, virtudes especiales que, cuando se insinúan, tienen mucho éxito con los destinatarios carentes de ellas.

Hasta hoy no hay estudios que certifiquen si existen más seductores de un sexo concreto, aunque parece claro que las mujeres emplean ardides distintos de los que usan los varones. Es frecuente comprobar que los seductores vienen siéndolo desde la infancia, ya que en esta etapa se inicia el entrenamiento de las habilidades que facilitan la atracción. La falta de atractivo durante la niñez, sin embargo, no impide que podamos volvernos irresistibles en la edad adulta; afortunadamente, cualquier persona puede aprender a seducir aun habiendo sido tímido y apocado de niño. Solo es preciso tener ganas de fascinar, mirar a los demás con las pupilas de un seductor y emular sus pasos. ¿Qué distingue a una persona atractiva de otra que no lo es? ¿Qué fines persigue la seducción y cuáles son sus destinatarios favoritos? ¿La capacidad para cautivar es innata? ¿Se aprende a ser encantador? ¿Todos los fascinadores presentan las mismas características? ¿Existe algún método más infalible que otro?

Ante el encanto, el atractivo, el carisma, tenemos la impresión de presenciar un enigma: la parte esencial aletea misteriosa, permanece oculta, resulta inaccesible a la mayoría de los mortales. Los seductores parecen manejar códigos secretos y sutiles a cuyo hechizo resulta prácticamente imposible escapar; se presentan armados de herramientas que hacen el contacto fácil y confiable casi desde el principio, nos otorgan sensación de agilidad y fluidez, generan optimismo o bienestar, exhiben seguridad.

El seductor actúa con dos poderosos imanes psicológicos: por un lado, aparenta ser exactamente como nos gustaría ser, emana virtudes particulares que nos apetece imitar o poseer, le presentimos capaz de guiarnos por caminos que tememos explorar en solitario, senderos fascinantes con los que soñamos en secreto. Los seductores poseen lo que nos falta, ostentan cualidades que nutren nuestro lado psicológico más carente.

Para colmo, estas personas tan sublimes nos bendicen con su atención, nos prestan oídos, asienten, sonríen, repiten nuestro nombre, copian disimuladamente nuestros gestos y posturas para hacernos entender, inconscientemente, que estamos ante un alma gemela. En el cristal de sus ojos vemos nuestro propio reflejo mejorado, algo sin duda tan atractivo como adictivo, puesto que en su presencia nuestra autoimagen se vuelve áurea y opípara. En este punto yace su magnetismo fundamental y su infalible método para obtener apego: su alejamiento precipitaría el desvanecimiento de la imagen idílica de nosotros mismos. Los seductores juegan constantemente con el sentimiento de posesión y pérdida, pero la diferencia entre la seducción manipuladora y constructiva depende del volumen de felicidad o tormento que obtenemos tras ser seducidos.

De este modo, sin darnos cuenta, nos sorprendemos volcando en los oídos del cautivador confidencias que solo guardamos para nosotros mismos, o pensamos en él o ella sin tregua, planteamos diálogos imaginarios, planificamos modos de agradarle, anhelamos su compañía, sus directrices, su atención; deseamos entregarle lo mejor de nosotros para que lo disfrute, lo refleje y se mantenga, así, a nuestro lado. Y de este modo inocente, sin prisa ni pausa, nos colocamos voluntariamente en sus manos.

CONDUCTORES DE LA MAQUINARIA EMOCIONAL

La persona seductora, en cualquiera de sus variantes, afronta el proceso de atracción con la metodología de un estratega que casi nunca improvisa. Primero observa atentamente a su blanco, prestando extraordinaria atención a sus movimientos, estilo de comunicación y cicatrices psicológicas. Sabe cómo mirar, dónde mirar y qué mirar. Traduce señales, imita gestos y posturas con el fin de generar máxima confianza, entregando absoluta prioridad al otro, emulando sus gestos y posturas con el fin de generar sintonía y confianza. El seductor es un artista de la empatia, abastecedor de las carencias sentimentales, operador del artefacto emocional.

La maniobra tiene que estar medida y la actuación debe ser delicada: en ningún caso, bajo ningún concepto, el destinatario debe sospechar que está siendo intencionadamente seducido. Más bien debe creerse arrastrado por un magnetismo carente de otro propósito distinto del de compartir el mejor trato humano de ida y vuelta; de lo contrario se volverá suspicaz y, en lugar de deseo, el seductor e inspirará miedo.Una vez superado el primer avance, el fascinador pasa a eclipsar la mente de su objetivo, su barrera defensiva más poderosa; se invita a sí mismo pronunciando con frecuencia, aunque sin avasallar, el nombre del oponente: le mira a los ojos el tiempo justo, sin intimidarlo y con gran interés; le escucha y atiende, le otorga la razón, le cede el poder. De este modo, laurea al seducido, le invita a creerse importante, inteligente, sensible o divertido; exalta su masculinidad (si es hombre) o su feminidad (si es mujer), le expresa que ha captado sus genuinas virtudes y que es una lástima que otros permanezcan suspendidos de las apariencias, sin captar la verdadera esencia, las excelsas cualidades que el fichaje lleva dentro. Lo último resulta esencial, ya que casi todos los seres humanos creemos, en lo más íntimo, que somos mejores de lo que otros perciben. El seductor muestra interés y expresa verbal o gestualmente que está impactado. Así, poco a poco, desmonta la salvaguarda de su blanco; da a entender que no es un enemigo, sino alguien con sensibilidad para sacar lustre a los secretos del alma.

Una vez impregnado el pensamiento del destinatario, el seductor inicia un nuevo paso: se anuncia como proveedor de placer, salvador de la desnutrición psicológica de su objetivo en cualquiera de sus variantes: autoestima, seguridad, diversión, valentía, necesidad de sentirse útil, de ser escuchado… conduce suavemente al otro, pero sin explicarle adonde va ni la duración del trayecto. Y sobre todo, prorroga la acción; la fantasía de su objetivo, se dispara, trabaja, imagina, anticipa, piensa, elige. En cuanto el seductor logra instalar su monarquía en el pensamiento del otro, comienzan los delicados trámites del castigo: alterna momentos de sintonía total con otros de frialdad, inyectando en el destinatario el pánico a la pérdida y, con ello, garantizándose su apego psicológico.

Durante todo el proceso es el persuasor quien gobierna las riendas del asunto, posee el control, se adueña del pensamiento y puede manejar a voluntad la felicidad o la desesperación del destinatario de su magnetismo. Por ello, al preguntarnos si preferimos seducir o ser seducidos, casi siempre nos decantamos por lo primero. Opinamos que quien domina los códigos de la seducción tiene, de alguna forma, la batalla ganada.

La mayoría de los seres humanos estamos tan centrados en nuestras propias necesidades, que pocas veces somos capaces de diagnosticar lo que los demás necesitan de nosotros,lo que pretenden obtener. El peso excesivo de nuestras carencias nos hace cautivos de aquellas personas que en apariencia poseen y proveen lo que no hallamos en nuestros parientes y amigos. En realidad, el seducido siempre espera ganar algo importante de su fascinador, quien, por su parte, se presenta a sí mismo como hipotético dueño de la pócima anhelada.

Toda seducción tiene dos caras. Quien pretenda convertirse en un as de la fascinación debe penetrar en ambos lugares con idéntica pericia. Por un lado, es necesario conocerse lo mejor posible con el fin de hallar los aspectos sugerentes de uno mismo y sacarles el máximo brillo; el otro campo de análisis lo ocupa la psicología de los potenciales seducidos, sus carencias y sistemas defensivos. Este escrutinio es el único medio para descubrir lo que uno puede dar y lo que otro está dispuesto a recibir; la seducción perfecta se logra con el equilibrio entre ambos. Si añadimos demasiado peso a las hermosuras personales sería como gritar «¡Mírame, soy un dechado de virtudes y te convengo!». Un horror que impele a la fuga. Si por el contrario solo atendemos al otro, sin embriagarle con nuestros encantos, lo más probable es que nos utilice en los ratos malos, un poco como terapia, y luego destine sus apasionadas mieles a un contrincante.

En todas las áreas de la vida social se produce algún tipo de influencia de unos hacia los otros. Continuamente se nos pretende persuadir, se nos invita a un modo concreto de comportamiento, a una forma precisa de pensar y decidir. La mayoría de las veces somos conscientes de ello y presentamos una resistencia inicial que no siempre es sólida. Con el empleo de técnicas adecuadas nuestra opinión puede plegarse y se moldea con la facilidad con que se dobla un papel. Por ello, ser blanco de la seducción provoca una incómoda sensación de vulnerabilidad o de vértigo, y también por ello, preferimos bloquear manejos externos y el embaucamiento de un líder, una marca, un amante, un colega. Lo curioso es que nadie es seducido si no quiere serlo.

Somos nosotros quienes nos acercamos voluntariamente al magnetismo ajeno para saborearlo, atraparlo y aprender de él. Además, pese a las apariencias, el cautivador no siempre es vil ni persigue adueñarse de sus semejantes. Muchas personas resultan involuntariamente atractivas, sin que de modo intencionado alberguen un propósito distinto al de llevarse bien con sus semejantes. Toda seducción es una forma de comunicación persuasiva, sí, pero no siempre es amoral, manipuladora, ni se dirige a una meta orientada exclusivamente al triunfo amoroso o sexual. Es cierto que hubo un tiempo en el que la mujer, sobre todo ella, necesitó recurrir al encandilamiento físico como método para vincularse a las figuras de poder, y de este modo garantizarse una vida algo más cómoda o, simplemente, necesitaba sobrevivir. La mujer de antaño halló un potente juguete de control en la pulsión sexual masculina, en su deseo carnal incontrolado. No obstante, para la mayoría se trataba de un utensilio efímero, ya que el mando regresaba al varón en cuanto disfrutaba de la apertura y disponibilidad sexual de la mujer. Una vez satisfecha la servidumbre hormonal, el macho recuperaba el poder.

El descontento con un triunfo tan fugaz hizo que algunas féminas pusiesen en marcha métodos más creativos e inteligentes, capaces de erosionar la fuerza masculina y prolongar su propio dominio; así fue como se establecieron los primeros escalafones de la seducción en versión primitiva.

En primer lugar, era preciso captar la atención; el maquillaje, peinado, vestimenta y olor ofrecían la impresión de estar frente a una diosa viviente, un trofeo inalcanzable y celestial. El ojo masculino solo accedía a escasos retazos de carne muy precisos y con poder suficiente para disparar la imaginación sexual y, sobre todo, se encendía el anhelo incontrolado de poseer una figura de ensueño, digna de un ser superior.

Una vez conquistado el interés del varón, el halo de la deidad viviente arrastraba a su víctima lejos del territorio masculino hacia un lugar sin guerra, política o comercio, un mundo femenino impregnado de hedonismo, voluptuosidad y lujo. El hombre invitado a tan idílico emplazamiento apenas podía resistir la intención de reposar allí para siempre; pero justo en el instante en que se acomodaba para recibir el manjar de la anfitriona, esta modificaba drásticamente su actitud. Los susurros se volvían fríos; su porte, distante; su gesto, desdeñoso. La víctima, confundida, veía cómo los sueños se le esfumaban entre los dedos antes de haberlos alcanzado; la ilusión adquiría pátina de desesperación. Entonces el potencial viril retornaba, emergía de nuevo para reconquistar el paraíso de placer imaginado, pero en el mundo que se le escapa de nada sirven la brutalidad o la violencia que tan útiles resultan en el terreno de los hombres; en el país de las mujeres se barajan unas artes mucho más sofisticadas, indirectas e imprecisas a las que él no está acostumbrado, cuyas leyes desconoce. Por ello, en la carrera de persecución por recuperar lo que una vez creyó suyo se va minando su capacidad de reflexión; durante el trayecto el hombre deja de ser analítico y se vuelve emocional.

En el siglo XVIII se modifica el protagonismo femenino de la seducción: el varón se aficiona a las estratagemas con las que vencer la resistencia sexual de las jóvenes damas. Son tiempos del Don Juan, donde, en el trato con el sexo opuesto, la brutalidad deja paso a la galantería y la pulsión sexual se disimula con sutilezas que tradicionalmente pertenecían al elenco femenino. Los varones extreman el cuidado de su vestimenta y peinado, en imitación a la conducta de las féminas. Lo más interesante es que los varones conquistan un valioso descubrimiento: el pie de barro de las mujeres se sitúa en sus oídos, las damas no son indiferentes a lo que se dice ni a cómo se dice, las palabras colocadas de un determinado modo y pronunciadas en un tono adecuado producen verdaderos sortilegios, ayudan a poseer mentes y corazones.

A medida que avanzan los años, las estrategias de encantamiento amplían su campo de acción: ya no se restringen al terreno de la conquista sexual, sino que se extienden al ámbito social: los cortesanos ganan favores de sus superiores mediante juegos psicológicos que siguen fielmente las reglas de seducción.

En el siglo XIX, Napoleón descubre que la batería de técnicas seductoras es válida también a gran escala; la oratoria se convierte en herramienta para atrapar las ideas y sensibilidades de las masas. La teatralidad, el espectáculo, la arenga ganan terreno al discurso a media voz y procuran un inmenso poder con el que subyugar a los pueblos. El atractivo físico deja paso al magnetismo intelectual; el seductor encandila a gente de todo sexo y condición, cualquier persona es un seducido en potencia. Así nace el tipo carismático, el líder al que se le atribuyen virtudes de guía y se le entrega poder. Un ser al que se sigue por convicción y
no por obligación.

A pesar de la adaptación y la transformación que siempre otorga el tiempo, la anatomía de la seducción, su técnica, continúa vigente desde que la inventasen las féminas del Imperio romano. Veamos el primero de sus peldaños: captar la atención. Sin atención no hay seducción posible, como bien saben los publicitarios, los líderes políticos o de negocios, los padres de familia, los gurús espirituales y los profesores que conocen las leyes de la buena pedagogía.

No todos los seductores ejercen un magnetismo similar, albergan intenciones idénticas, ni todas las personas sucumben al mismo tipo de seducción. La personalidad del seductor, su temperamento, formación e inteligencia atraen a unos destinatarios y repelen a otros. Dicho de otra forma, el seductor acoge deseos, exhibe virtudes, sufre carencias y es depositario de necesidades como cualquier otro ser humano; por ello, su interés se centra en aquellos destinatarios susceptibles, al menos en apariencia, de alimentar su psicología personal.

El magnetismo de una persona radica en que cerca de ella nos sentimos mejor que cuando está lejos. Nos la imaginamos poseedora de algo que a nosotros nos falta, pero lo que verdaderamente nos atrapa se debe a que se muestra dispuesta a compartirlo, incluso en exclusiva, si nos portamos convenientemente y respondemos a lo que espera de nosotros. He aquí la clave que unifica todas las tipologías del seductor, su herramienta fundamental: se las arregla para que a su lado nos sintamos importantes, únicos y originales. En sus ojos vemos reflejada la imagen de nosotros mismos que deseamos poseer y proyectar. La persona seductora siempre presta una extraordinaria atención al otro, ensalza sus virtudes, fulmina sus complejos, regala aprobación a raudales, y al hacerlo, se garantiza el apego. El anhelo de ser aprobado, de ser amado y entendido ejerce una pujanza tal que en cuanto lo saboreamos ligeramente ya no podemos prescindir de ello.

Al mismo tiempo, el fascinador, en cualquiera de sus versiones, preserva para sí un trozo del secreto, un pedazo del misterio, dándonos a entender que algún día terminará por desvelarlo… pero tal día quizá nunca llegue.

EL TRUCO INFALIBLE

Uno de los descubrimientos más fascinantes en materia psicológica resalta que desconocemos casi por completo los mecanismos de defensa a los que recurrimos habitualmente para evitar el fracaso. Desde la niñez aprendemos a acorazarnos psicológicamente para bloquear el rechazo, las pérdidas, las críticas, el dolor. Lo curioso es que solemos protegernos bajo la cota de malla aun cuando no existen amenazas tangibles; anticipamos el hundimiento sin garantía alguna de que vaya a producirse. Por eso, con frecuencia se organiza un abismo entre las respuestas que esperamos de otros y las oportunidades que les damos para que nos comprendan, entre el minúsculo fragmento de personalidad que mostramos y la gigantesca dimensión que ocultamos.

Tanto nos importa lo que piensan de nosotros, que gastamos demasiado tiempo y energía mirando fuera, por lo que las aspiraciones y miedos que intervienen en nuestra conducta aletean clandestinamente y sin que les prestemos la debida atención… y luego nos quejamos de haber tomado decisiones contrarias a lo que de verdad somos, queremos y esperamos.

La intensidad del miedo al fracaso varía de una persona a otra, pero cuando se presenta en dosis fuertes puede llegar a masacrar la autoestima, invita a la fuga social, dispara el nivel de dependencia, envenena la calidad de relación con otros seres humanos y, desde luego, pervierte la capacidad para seducir.

Existe, no obstante, un truco infalible que inhabilita cualquier posible rechazo. Según los peritos en la materia sus garantías de éxito alcanzan casi el 100%. Consiste, simplemente, en fichar la emoción favorita del oponente: una vez cazada, hay que fertilizarla para hacerla crecer y brillar en una proporción jamás experimentada anteriormente por la otra persona.

No se trata de disparar una catarata, de cumplidos; semejante atrocidad solo puede hacerse cuando deseamos que escape a toda velocidad. Para seducir de un modo infalible hay que demostrar, con una o dos frases, que se ha captado y se admira el germen de su valioso potencial. En definitiva, se trata de sacar a la luz el atributo de su personalidad del que se siente secretamente orgulloso y que teme mostrar en público; el don psicológico que aletea en el fondo sin atreverse a florecer del todo. Para algunos es la capacidad de conmoverse ante la belleza, para otros la ternura,la fortaleza interna, la honorabilidad, el conocimiento, el arrojo, la bondad o la sensibilidad. El ardid consiste en resaltar y robustecer tal aptitud de un modo contundente, sin vacilación. El desafío radica en adivinar qué singularidad palpita tras el muro protector que todos llevamos a cuestas y que embota nuestro más vulnerable don; por ejemplo, una persona extraordinariamente sensible podría preservar su delicada cualidad escudándose tras un aparente y frío desdén. Dile que admiras su objetividad, la facilidad con la que se distancia emocionalmente de los problemas, y estarás ensalzando su disfraz; sin duda, le dejarás satisfecho porque verá lo bien que funciona su escafandra. Pero no le seducirás. En cambio, prueba sublimar las cualidades que le ennoblecen, por ejemplo, su capacidad para captar las singularidades del mundo, para promover la bondad, para potenciar la hermosura… y verás lo que pasa. Algo similar ocurre con la persona pletórica de ternura para compartir y hambrienta de cariño que recibir; tantas veces ha sido mal interpretada su conducta que, para no sufrir, se oculta tras una muralla intelectual; piensa para no sentir, transita por la vida echando mano de su cerebro para olvidar los mensajes de su corazón… hasta que aparece un tercero que pondera su verdadera cualidad y asegura que desearía aprender de ella.

Es relativamente sencillo descubrir la emoción favorita y secreta de otra persona. Está ligada (¡oh sorpresa!) a su mayor preocupación: el fallo que, de eclosionar, reventaría el pilar sobre el que se apoya la valoración completa de sí misma. Todos dedicamos gran interés y energía a soslayar este fallo que pondría en riesgo nuestra auténtica identidad, la razón que impulsa nuestra forma de actuar y responder al entorno, los procesos íntimos que justifican nuestras elecciones.

Los seres humanos socorremos nuestro frágil ego con estrategias que intentan ahuyentar el virus de la soledad y la inestabilidad. Esto nos invita a seducir del modo preciso en que lo hacemos y también a caer en las redes de quien aparenta poseer en grandes cantidades el don que nos gustaría lucir. Fascinador y fascinado se reclaman mutuamente aquello que podría serenar el tambaleo de su plenitud y armonizar con su verdadero yo; en cada fórmula de atracción late una lesión, pequeña o grande, que está pidiendo ser curada.

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